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Septiembre/01.

 

Sway Jax.

 

 

DISCLAIMERS: Lo primero, eso de que Xena, Gabrielle, Argo, Autólycus... pertenecen a Renaissance Pictures... bla, bla, bla... que no pretendo infringir ningún derecho al tomarlos prestados... bla, bla, bla... Lo segundo saludar a todos los escritores de fanfic, pues la lectura de sus obras es lo que me ha animado a publicar los míos. Y lo tercero... ¡Ah, no! No había más nada que decir en los disclaimers.

CLASIFICACIÓN: Alt/Exp

AVERTENCIAS: De violencia, poca, creo que casi nada. De sexo, tampoco demasiado, pero el que hay es en su mayoría de índole adulto y lésbico así que si eres menor de edad... bla, bla, bla... o si no te gustan estas cosas... bla, bla, bla... ¡Vaya, tú sabrás lo que haces pero no te recomiendo seguir leyendo! A los demás, libres de toda carga, pasen y vean y a quien le guste o le disguste que me escriba a: Swayjax@yahoo.es

DEDICATORIA: A mi buena amiga Battling Bard, sigue así. A ella, a mi diosa, a quien me inspira y me atormenta, a mi amor, que espero me aguarde al final de los tiempos.

 

Kyara

 

Escrito por: Sway.

 

Realmente se ve todo muy despacio. Me refiero a la muerte. Ves pasar toda tu vida en un segundo y a cámara lenta. ¿Por qué? No lo sé, no me lo preguntéis. Lo he vivido dos veces, pero todavía no lo entiendo.

Estaba cruzando una calle cuando un borracho se saltó un semáforo y me llevó por delante. Sentí perfectamente como la mayoría de los huesos de mi cuerpo se rompían al contacto con el coche. Vi pasar los árboles, la gente, la calzada, hasta que oí el crujido de mi cabeza al caer. Allí comenzó la película. Lentamente vi pasar los hechos más importantes de mi vida y sonreí. Había sido feliz en aquellos veintisiete años, muy feliz y no quería irme todavía. No quería morir. Después todo se volvió negro. De ese hombre, de ese coche y de ese suelo no he vuelto a saber nada.

 

Desperté en aquella posada sobre el mediodía. Me dolía terriblemente la cabeza y me sentía como si un centenar de caballos hubieran pasado por encima mía.

- ¡Por fin despiertas! - me dijo una chiquita rubia que había sentada a los pies de mi cama. Era bonita, de facciones muy dulces y unos inteligentes ojos verdes. Tenía el pelo largo y muy hermoso. - ¡Eh, está despertando! ¡Ven a verla! - le dijo a alguien. Entonces apareció, era la mujer más hermosa que había visto en mi vida. La miré fijamente y supe enseguida que me había enamorado. Nunca había sentido algo así por una mujer pero ella era distinta. Tenía una larga melena oscura y unos ojos celestes que hipnotizaban. Me miraba serena, preocupada.

- ¿Cómo te encuentras? - me dijo con una voz preciosa.

- ¿Cómo te llamas? ¿Por qué te estaban golpeando? - me preguntó la rubia. - ¿Quién eres?

- ¡Gabrielle, Gabrielle! - le dijo la morena. - Dale tiempo a despertarse.

- Lo siento. Xena, está bien ¿verdad? - Xena, ese era su nombre. Estaba fascinada con aquella mujer, no podía quitarle los ojos de encima. Vestía un trajecito de cuero bajo un pectoral de bronce. Llevaba unas botas altas y de su espalda colgaba una espada. En su costado, agarrado a su traje, llevaba un precioso aro plateado con adornos dorados. Parecía una guerrera. La tal Gabrielle en cambio parecía una muchachita normal y corriente, aunque algo en su mirada me decía que no lo era tanto. - ¿Por qué no habla? - Xena comenzó a toquetearme, a ver qué me pasaba y yo aparté su mano de mi cabeza, ya que me dolía.

- ¡Ah! - grité cuando volvió a tocar mi herida. - Duele.

- ¿Por qué no hablabas? - me dijo Gabrielle.

- No sé quienes sois.

- Mi nombre es Gabrielle y ella es Xena, la princesa guerrera. ¿Cómo te llamas tú?

- Kyara.

- ¿Kyara? Bonito nombre. ¿Por qué te estaban golpeando esos hombres?

- ¿Hombres? No sé de qué me hablas. ¿Cómo he llegado aquí? Yo estaba... estaba... - traté con empeño de acordarme de algo de lo que hubiera hecho en mi vida antes de despertarme en aquella cama, pero me fue imposible. - No recuerdo.

- ¿Qué no recuerdas? ¿A los hombres? - me preguntó Gabrielle. La cara de Xena me demostró que ella sabía lo que me pasaba.

- No recuerdas nada, ¿verdad?

- No, sólo mi nombre. Sé que me llamo Kyara pero... no sé nada más. - comencé a asustarme ya que no entendía lo que pasaba allí. Me incorporé un poco para ver mejor la habitación y a aquellas dos mujeres, pero todo empezó a dar vueltas vertiginosamente.

- ¡Eh, eh, eh! Te han dado una tremenda paliza, Kyara, no debes moverte. - me dijo Xena obligándome a tumbarme de nuevo. Después me puso un vaso en la boca y me dio algo de beber. - Toma esto, te ayudará a dormir y te calmará el dolor. Cuando despiertes veremos lo que hacemos. Ahora descansa.

- No, debo... debo... - la mano y la mirada de Xena eran fuertes y me convencieron de volver a dormirme.

 

Cuando me desperté de nuevo Xena estaba acostada a mi lado en la cama y Gabrielle dormía tranquila en la otra. Traté de levantarme sin despertarlas pero Xena abrió los ojos inmediatamente.

- ¿Estás bien? - me dijo cuando me vio echarme las manos a la cabeza.

- Sí, me duele, pero estoy bien. ¿Te has acostado conmigo para cuidarme?

- Sí, quería vigilar que siguieras bien. Además, no hay más camas.

- Gracias. Tengo sed, voy por agua.

- No, túmbate, yo te daré algo de beber.

- Pero que no sea la cosa esa asquerosa que me diste antes. He dormido mucho, ¿verdad? - le pregunté al ver por la ventana que ya era de noche. - Se ve que tenías razón, necesitaba descansar.

- ¿No recuerdas nada?

- ¿De qué? ¿De mi vida? Ya te dije que no.

- No, del tiempo que has dormido, de lo que has soñado.

- ¿Qué quieres que recuerde? Estaba dormida.

- No, has tenido mucha fiebre y has estado diciendo cosas sin sentido.

- ¿Qué he dicho? Cuéntamelo, a lo mejor me devuelve mis recuerdos.

- Hablaste de algo llamado coche, dijiste que veías como se venía encima tuyo y que te hizo mucho daño, gritabas como si te doliera todo el cuerpo. Hablabas de que había gente mirándote y que no podías oírles... no sé, era como si estuvieras reviviendo un hecho muy doloroso de tu vida. - traté de recordar lo que me contaba pero fue inútil.

- No recuerdo ni mi propia cara, es frustrante.

- Lo supongo. - me dijo tendiéndome una mano. - Ven, te acompañaré al servicio, allí hay un espejo. Estás algo magullada, pero tampoco estás tan mal. - Xena me ayudó a ponerme en pie y descargó todo mi peso en sus brazos. Era muy fuerte y su piel era suave y cálida. Cuando me dejó frente al espejo vi una figura que me resultó familiar, vagamente familiar. Me encontré atractiva a mí misma y fue muy divertido y extraño reconocer en aquel espejo mi cuerpo y mis facciones. En la hoja de metal se veía reflejada una mujer joven, de unos veintitantos años, con el pelo corto de un color rojo oscuro, casi castaño y muy lacio. Sus ojos eran marrones y grandes, su boca de labios gruesos, las mejillas golpeadas y con un corte en el pómulo izquierdo. De hombros fuertes y buen cuerpo, era algo más baja que Xena, pero no demasiado. Estaba casi desnuda, vestida con un pequeño trajecito de hilo, de esos que se ponen debajo de la ropa para proteger la piel de las telas más duras. Vi en una silla unas ropas y tendí la mano para cogerlas. Viendo que me costaba Xena me las alcanzó. - Son las ropas de una guerrera. - me dijo seriamente. - Pero no me suena tu nombre, Kyara.

- Ya ves, a mí no me suena mi cara. - reí. Aquellas carcajadas me provocaron un fuerte dolor de cabeza y tuve que volver a acostarme. - Xena. - ella había vuelto a tumbarse a mi lado.

- ¿Sí?

- ¿Cómo me encontrasteis?

- Fue esta mañana. Acabábamos de despertarnos cuando los gritos de unos niños nos hicieron acudir. Nos encontramos con que estabas siendo golpeada por tres hombres. Estabas inconsciente y tenías un fuerte golpe en la cabeza. Luchamos con los tres tipos y se largaron. Dos críos que estaban allí nos contaron que aquellos hombres les estaban asustando cuando tú llegaste a lomos de un caballo negro y les defendiste. Según los niños uno de ellos consiguió darte en la cabeza con su maza y por eso te quedaste inconsciente. Sé algo de curaciones así que me puse a comprobar la gravedad de tus heridas y me encontré con que tu corazón había dejado de latir.

- ¿Y cómo conseguiste devolverme a la vida? - le pregunté impresionada.

- Hice llegar aire a tus pulmones con mi boca y Gabrielle hizo que tu corazón volviera a latir. No era la primera vez que lo hacíamos. Después te montamos a lomos de mi caballo y te trajimos aquí. Lo demás ya lo sabes.

- Tengo sueño. - le dije después de unos minutos en silencio.

- Duerme. - me contestó cerrando sus ojos y apagando la vela que iluminaba la habitación.

 

El sol entraba radiante por la ventana y fuera, al aire libre, debía hacer una temperatura perfecta para cabalgar, pero Xena no me dejaba moverme de la cama.

Llevaba días metida en aquella habitación sin ver nada más que las cuatro paredes que me rodeaban. Xena y Gabrielle salían durante horas, pero siempre regresaron a dormir. Una mujer me traía el almuerzo y la cena cuando ellas no estaban y me decía que Xena le había pedido que me tomara aquel brebaje asqueroso.

Aquella tarde Xena revisó mis heridas y sonriente dijo:

- Ya puedes levantarte.

- ¿Ves? Llevo días diciéndote que estoy bien. - sonreí. - Estoy deseando vestirme y salir a cabalgar.

- No te fuerces demasiado, Kyara. - me sugirió Gabrielle. En las noches habíamos hablado mucho y había descubierto qué era lo que hacía a Gabrielle alguien tan diferente al resto como lo era la misma Xena. Tenía un corazón tan grande como su talento para escribir. Contaba historias muy buenas. Me dejó todos sus pergaminos para que los leyera cuando estuviera a solas y así pude conocer todas sus aventuras con Xena, la princesa guerrera de Anfípolis. Por sus letras pude conocer a Draco, examante y compañero de batallas de Xena; a Joxer, un torpe amigo de ambas; a Autólycus, el rey de los ladrones; a Solan, el hijo de Xena; a Cyrene, su madre... y a mil y un amigo, familiar o enemigo más, incluyendo al mismísimo dios de la guerra.

Me vestí rápidamente y, tras recoger todas nuestras cosas, salimos de aquella posada. Mis ropas eran cómodas y ligeras. Llevaba una especie de pantalones de cuero y un top del mismo material con un pequeño pectoral de bronce. También llevaba brazaletes de muñeca y brazos como Xena pero los míos eran negros como el resto de mis ropas. Mi vestuario se componía también de unas botas altas y lo acompañaba con una espada y tres puñales, dos en las botas y uno a la cadera.

Nada más salir de la posada acudimos al establo donde Argo, la yegua de Xena, pastaba mansamente. No sé qué fue lo que me hizo salir de allí, caminar un poco y silbar de una forma muy curiosa. Un par de minutos más tarde un hermoso caballo negro apareció tras una colina. Corrió hacia mí y relinchó contento. Enseguida reconocí en la silla el símbolo que había visto en la empuñadura de mi espada y lo monté decididamente. El animal lejos de molestarse agachó la cabeza tranquilo y se dejó montar. Cuando Xena y Gabrielle salieron y me vieron sobre él abrieron mucho los ojos.

- ¿Y eso?

- Debe de ser el caballo del que os hablaron los niños. - comenté riendo. - Mirad, la silla tiene el mismo símbolo que mi espada. - dije mostrándoselo. Xena me miró muy seria y dijo:

- Es el símbolo de Perséfone, eres una sacerdotisa o una guerrera de la diosa del Inframundo.

- ¿Cómo? Lo dudo. - dije tranquila.

- ¿Por qué?

- Si fuera así, además de tener el símbolo tatuado en mi piel, sentiría la fe dentro de mí, ¿no creéis? Esas cosas no se pierden así como así.

- Supongo. - dijo Gabrielle.

- Seguro. - estaba poco convencida de mis propias palabras, pero sabía que yo no era una sacerdotisa de ningún culto. Rápidamente nos pusimos en camino. Xena había propuesto acudir al templo de Mnemosine, la diosa de la memoria, para ver si podía hacer algo por mí.

 

Días después de haber comenzado nuestro viaje nos encontramos con una escena tremendamente cómica. Un hombre bastante atractivo salía corriendo de una aldea y al ver a Xena sobre Argo dio media vuelta tratando de escapar de ella. Xena, temiéndose que algo había hecho aquel tipo le persiguió.

- ¿Qué ocurre? ¿Ya no saludas a los amigos? - le preguntó Gabrielle tratando de parecer irónica. Por lo que se veía en los ojos de la bardo estuve segura de que en realidad sí que eran amigos.

- ¡Gabby! Querida, Gabby. A ver si tú convences a esta princesa guerrera de que no he hecho nada de nada. - suplicaba aquel hombre. Pese a su súplica se veía un hombre orgulloso, culto, educado...

- Entonces, ¿por qué te persiguen esos tipos? - sonrió Gabrielle señalando a unos diez hombres que corrían hacia nosotros.

- ¡Xena! ¡Xena por todos los dioses! ¡Xena por favor no dejes que me pillen! - le pidió el tipo a la guerrera.

- Dime por qué te persiguen y me lo pensaré.

- Está bien, está bien... quieren que me case con la hija de uno de ellos.

- ¿Qué edad tiene?

- Dieciocho, te juro que tiene dieciocho.

- Autólycus. - le regañó Xena. «Autólycus... Autólycus...» traté de recordarle de los pergaminos de Xena. «¡El Rey de los Ladrones!» recordé por fin. «Un hombre curioso, simpático y con gran corazón, aunque muy engreído.» había escrito Gabrielle sobre él.

- Bueno, tiene diecisiete, pero me juró que tenía dieciocho. Por todos los dioses, Xena te digo la verdad. Esa niña... bueno, tiene tal cuerpo... Xena mírala, es la que viene al final con la sartén en la mano. - ciertamente no parecía una niña para nada y la verdad era que casarse con alguien así sólo tenía que ser divertido en la cama.

- ¡Vale! Gabrielle sube. Autólycus, monta con Kyara. ¡¡¡Sígueme!!! - me dijo a mí.

Después de cabalgar más de una hora terminamos por parar en un claro. Durante todo el viaje Autólycus había ido agarrado a mi cintura y mirando por encima de su hombro por si nos seguían, pero al comenzar el almuerzo se le pasó el miedo.

Terminado el conejo que Xena había cazado me dispuse a dar un paseo de sobremesa.

- Te acompaño. - se ofreció Autólycus enseguida.

- No tardéis demasiado, nos iremos en un rato. - nos dijo Xena especialmente seria.

La media hora que estuvimos caminando me la pasé oyendo las divertidas fanfarronadas del rey de los ladrones.

 

Días más tarde Autólycus pasó al ataque directo. Comenzó por piropearme diciéndo que era hermosa, que luchaba muy bien... y mil cosas más. Después se empeñó en rozarme a cada minuto e incluso llegó a acariciar mi cintura disimuladamente y sonreír cuando le pillaba. Finalmente, en nuestro ya acostumbrado paseo, me besó. Xena llevaba esos mismos días extrañamente seca y antipática conmigo y con Autólycus, pero no le echamos demasiada cuenta. Era cierto que estaba enamorada de ella, pero también que no tenía esperanza alguna en que pasara nada entre nosotras así que decidí aceptar los halagos y comentarios de Autólycus ya que me resultaba simpático y muy atractivo. Además, tenía la secreta esperanza de que, una de dos, o aquella relación me ayudara a olvidarme de mis sentimientos por Xena o provocara sus celos. Por suerte dio resultado.

No sé qué tiempo llevaríamos besándonos Autólycus y yo cuando apareció Xena nuestro lado.

- Ejem, ejem... - carraspeó para hacernos notar su presencia. La miré divertida ya que parecía tan furiosa que estaba cómica. - ¿Habéis terminado o pretendes asfixiarla? - le dijo al ladrón. - Kyara, ¿podemos hablar un momento? - me dijo cogiéndome por un hombro y arrastrándome con ella. - ¿Estás loca o te pasa algo? - me dijo exageradamente cuando estuvimos lejos de Autólycus.

- ¿Por qué dices eso? - le pregunté sin poder contener la risa casi.

- ¿Qué hacías con ese... tipo?

- Besarle, ¿por qué?

- ¡Es un ladrón!

- Venga, Xena, sabes que es un buen hombre.

- ¡Es un... es... es el Rey de los Ladrones! - tartamudeaba furiosa. Yo hacía grandes esfuerzos por no soltar una carcajada en su cara.

- Y Gabrielle una bardo charlatana y tú una princesa guerrera y yo una mujer sin pasado, sí, ¿qué pasa? No entiendo tu enfado.

- ¿No entiendes mi enfado? No entiendes mi enfado... bien, no entiendes mi enfado. - repetía.

- Pues no, no lo entiendo. Al igual que no entiendo la actitud tan extraña que estás teniendo estos últimos días. Si te cae tan mal Autólycus, ¿por qué lo invitaste a venir con nosotras un tiempo?

- ¡¡¡Porque no sabía que os ibais a llevar tan bien!!! - me gritó.

- ¡Ah, es eso! Te gusta. No hay problema, pero... si lo hubieras dicho antes yo no habría hecho nada con él. Mujer, somos amigas, esas cosas me las puedes contar. Si vuelvo a demostrar interés por un hombre que te atrae me lo dices y se acabó. Te juro que no era mi intención meterme entre tu hombre y tú, en serio. - ella me miraba con los ojos muy abiertos y trataba de decir algo. - Tienes razón en estar mosqueada. Las amigas no deberían pisarse los novios entre ellas... lo siento de verás, Xena... Pero la verdad es que no me pareció que Autólycus fuera tu tipo. Pensé que a ti te gustaría alguien más... no sé, más...

- ¡¡¡Callada!!! - dijo cogiéndome por los hombros y besándome apasionadamente. Yo respondí a su beso con el mismo fuego y cuando nos separamos ambas nos miramos muy sorprendidas. - Yo... yo... lo siento. - me dijo casi avergonzada. - No sé qué me ha pasado, no quería...

- ¿No querías? - le pregunté decepcionada. - Pues yo sí que quería, la verdad. Te quiero, Xena. Estoy enamorada de ti desde el primer momento que te vi. Estoy hipnotizada por tus ojos y no puedo pensar en otra cosa que no sea besarte y acariciar todo tu cuerpo.

- Pero, entonces, ¿Autólycus?

- Autólycus es muy simpático y me atrae mucho, pero estoy enamorada de ti.

- ¿Y si eso es así qué hacías con él?

- Trataba de olvidar lo que siento por ti. En todo el tiempo que llevamos juntas nunca has dado muestras de que te gustara así que creí que no tenía oportunidades contigo. Pensé que me sería más fácil olvidarte en los brazos de alguien tan divertido y sexy como él, pero creo que ahora me va a ser aún más difícil. Recogeré mis cosas.

- ¿Por qué?

- Me voy, Xena. No voy a seguir viajando con vosotras. Ahora que sé que no sientes nada por mí no puedo seguir viajando contigo, lo siento.

- Kyara, yo... - trató de retenerme, pero salí corriendo. Recogí todo tan aprisa que ni Gabrielle ni Autólycus entendieron nada. Lethe, como había llamado a mi caballo en honor a mi amnesia, reaccionó rápido ante mi salto sobre su lomo y salió a galope tendido por la llanura. - ¡¡¡Kyara, Kyara!!! - oía a Xena tras de mí, pero no paré. No quería escucharla decir que sentía no amarme de la misma forma, que éramos amigas y siempre lo seríamos, que a lo mejor estaba confundiendo mis sentimientos... no quería. Pero Xena era incansable y consiguió detener mi huida. - Baja. - me pidió. - Baja por favor. - finalmente le hice caso y descendí de lomos de Lethe. Ella se acercó lentamente a mí. - Kyara yo no esperaba tu confesión, no me imaginaba que pudieras sentir eso por mí...

- Lo sé, déjalo... - la interrumpí.

- ¡Ssshh! Calla, déjame terminar. No me podía imaginar que sintieras amor o deseo por mí y me ha sorprendido que me lo dijeras. - volví a intentar separarme de ella porque no quería oírla. - Pero me alegro de que lo hicieras porque así puedo decirte que yo siento lo mismo por ti. - dijo acariciando suavemente mi mejilla. - Cuando vi como aquellos hombres te golpeaban nunca pensé que dentro de mí encenderías estos sentimientos tan fuertes. Al despertar me miraste como nunca nadie, excepto Gabrielle me ha mirado. Me mirabas sin miedo, con afecto; y eso me hizo apreciarte desde el primer momento, después apareció la amistad, el cariño, el deseo y el amor. No puedo evitar desearte y por eso he estado tan rara estos días, estaba celosa. Te quiero. - dijo antes de besarme de nuevo. Ahora era yo la que no daba crédito a lo que oía. Quise separarme para comprobar que no estaba soñando, pero ella no me lo permitió. Poco a poco nos fuimos apasionando y terminamos tumbadas en la verde hierba acariciándonos ávidamente, como si fuera la primera vez que sentíamos deseo.

- Espera, espera... - le pedí.

- ¿Qué sucede?

- Gabrielle y Autólycus, deben estar a punto de aparecer.

- No, les dije que nos esperaran, que regresaríamos mañana por la mañana.

- ¿Por la mañana? Pero si es media tarde, ¿qué vamos a hacer tanto tiempo las dos solas en medio de un solitario bosque? - le dije acariciando su espalda y comenzando a desabrochar su armadura.

- Por ahora ponernos más cómodas. - dijo ella liberando mis brazos de sus adornos y protecciones.

Durante horas nos besamos y acariciamos reconociendo la una la piel de la otra, sintiendo en mis labios los suyos, en sus dedos mi cuerpo... Luego Xena abrió mis piernas y me besó y me acarició hasta que tuve que morderme para no gritar. Después fui yo quien besó su cuerpo hasta que la oí gemir de placer.

Al amanecer el sol nos encontró todavía abrazadas y besándonos suavemente, dulcemente; tratando de retener en mis labios el sabor de los suyos. Me dormí con la cabeza apoyada en su vientre desnudo, mis manos acariciando sus muslos y las suyas deslizándose con deseo por mi espalda.

 

- ¡¡¡Lucha, niña lucha!!! - oí que alguien me gritaba a lo lejos. - ¡Despierta! - abrí los ojos lentamente y me vi rodeada de médicos, enfundados en sus batas, guantes y mascarillas, todos manchados de sangre y con cientos de luces apuntando a mi cara. - Vive, Kyara. - me repetía alguien. - ¡¡¡Vive!!!

- No quiero. - respondí suavemente y volví a cerrar los ojos suplicándole al cielo y a todos los dioses que me llevaran con ella. Prefería estar muerta a su lado que vivir toda una vida sin volver a probar sus besos.

 

- ¡¡No vuelvas a darme otro susto como este!! - me gritó Xena al verme abrir los ojos. Yo tosía asfixiada escupiendo trozos de pan mientras ella me abrazaba. - ¡Jamás! ¿Me entiendes? ¡Jamás vuelvas a asfixiarte con el desayuno! ¡Jamás, mi amor! - uno de sus besos me confirmó lo que sospechaba. Había muerto y estaba en el paraíso.

 

FIN (No, en realidad no es el fin pero por ahora...)